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13. junio 2026

Del cuarto oscuro a la pantalla

Cómo empecé en la fotografía...


Todo empezó por una cámara que no era mía.
Mi tío vivía en Suecia y trabajaba como fotógrafo. Había pasado por varias empresas importantes — una de ellas, la casa Volvo — y cada vez que yo tenía ocasión, lo primero que hacía era intentar coger su cámara. No sé bien qué me atraía tanto. Supongo que era la idea de que detrás de ese aparato había algo que yo aún no entendía, y que quería entender.
Años después, en el instituto, tuve la oportunidad de recibir clases de fotografía en blanco y negro. Fue entonces cuando algo encajó. Recuerdo haber pensado que aquel que supiera manejar y controlar una cámara podría desenvolverse en cualquier situación — y esa idea nunca me ha abandonado. Sigue siendo, hoy, la forma en que entiendo este oficio.
La magia del cuarto oscuro
Lo que me terminó de atrapar fue el revelado. Hay algo difícil de describir en el momento en que una imagen aparece lentamente sobre el papel en el cuarto oscuro — en la penumbra roja, con el olor a químicos y el silencio absoluto. Es un proceso lento, manual, casi ritual. Y en ese proceso entendí lo grande que podía ser capturar y revelar tus propias fotografías.
La pasión fue creciendo hasta el punto de que, años más tarde, era yo quien estaba al otro lado: impartiendo cursos de fotografía en institutos y escuelas municipales. Enseñar a conocer una cámara analógica, revelar negativos y positivar fotos era algo que me encantaba transmitir. Ver a alguien descubrir por primera vez su propia imagen revelada era, en cierta forma, volver a vivirlo yo mismo.
Cuando llegó lo digital
Con la llegada de la fotografía digital, la cosa comenzó a cambiar. El cuarto oscuro fue quedando atrás, los carretes desaparecieron de los comercios, y lo que antes requería horas de proceso empezó a suceder en décimas de segundo.
Podría haber resistido ese cambio. Muchos lo hicieron. Pero yo entendí que la herramienta cambia, la mirada no. Lo que aprendí en aquel instituto — leer la luz, componer, anticipar el momento — seguía siendo exactamente igual de válido con una cámara digital en la mano.
Así que en lugar de quedarme atrás, llevé todo ese bagaje al mundo nuevo. Y aquí seguimos, 27 años después, con la misma curiosidad que me hizo coger la cámara de mi tío por primera vez.

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